(Libro
de Confesiones, 10.1 – 10.6)
En la vida como en la muerte pertenecemos a
Dios,
Por la gracia de nuestro Señor
Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu
Santo,
Confiamos en el Dios único y trino, el
Santo de Israel, a quien sólo adoramos y servimos.
Confiamos en
Jesucristo,
Plenamente humano, plenamente Dios.
Jesús proclamó el reinado de Dios: Predicando
buenas nuevas a los pobres
Y libertad a los cautivos,
Enseñando por medio de palabra y
hechos
Y bendiciendo a los niños,
Curando a los enfermos
Y sanando a los quebrantados de
corazón,
Comiendo con los despreciados,
Perdonando a los pecadores,
Y llamando a todos a arrepentirse y a creer
en el evangelio.
Condenado injustamente por blasfemia y
sedición,
Jesús fue crucificado, sufriendo la
profundidad del dolor humano y dando su vida por los pecados del mundo.
Dios levantó a este Jesús de
los muertos, vindicando su vida sin pecado, rompiendo el poder del
pecado y del mal,
Rescatándonos de la muerte a la vida
eterna.
Confiamos
en Dios, a quien Jesús llamó Abba, Padre.
En amor soberano Dios creó al mundo
bueno e hizo a cada uno igualmente a la imagen de Dios,
Varón y hembra, de toda raza y pueblo,
para vivir como una sola comunidad.
Pero nos rebelamos contra Dios; nos
escondemos de nuestro Creador. Desconociendo los mandamientos de
Dios,
Violamos la imagen de Dios en otros y en
nosotros mismos, aceptamos las mentiras como verdad,
Explotamos al prójimo y a la
naturaleza, y amenazamos de muerte al planeta confiado a nuestro
cuidado.
Merecemos la condenación de
Dios.
Sin embargo, Dios actúa con justicia y
misericordia para redimir a la creación.
Con amor perdurable, el Dios de Abraham y
Sara escogió a un pueblo del pacto
Para bendecir a todas las familias de la
tierra.
Escuchando su clamor, Dios liberó a
los hijos e hijas de Israel de la casa de servidumbre.
Amándonos aún, Dios nos
hace, con Cristo, herederos del pacto.
Como madre resuelta a no abandonar a su
niño de pecho, como padre que corre a dar al pródigo la
bienvenida al hogar,
Dios sigue aún siendo fiel.
Confiamos en Dios
el Espíritu Santo,
En todo lugar Dador y Renovador de
vida. El Espíritu nos justifica por la gracia mediante la
fe,
Nos deja libres para aceptarnos y amar a Dios
y al prójimo, y nos unifica con todos los creyentes en el Cuerpo
único de Cristo, la Iglesia.
El mismo Espíritu que inspiró a
profetas y apóstoles,
Norma nuestra fe y vida en Cristo por medio
de la Escritura, nos compromete por medio de la Palabra proclamada,
Nos hace suyos en las aguas del bautismo, nos
alimenta con el pan de vida y la copa de
salvación,
Y nos llama a mujeres y hombres
a todos los ministerios de la Iglesia.
En un mundo quebrantado y
temeroso, el Espíritu nos da valor para orar sin cesar,
Para testificar de Cristo como
Señor y Salvador ante todos los pueblos,
Para desenmascarar las
idolatrías en la Iglesia y en la cultura,
Para oír el clamor de los
pueblos por largo tiempo silenciados,
Y para laborar con otros por la
justicia, la libertad y la paz.
En gratitud a Dios, dinamizados
por el Espíritu, nos esforzamos por servir a Cristo en nuestras
tareas diarias
Y por vivir vidas santas y gozosas, mientras
aguardamos el nuevo cielo y la nueva tierra de Dios,
Orando,
“¡Ven, Señor
Jesús!”
Con los creyentes en todos tiempos y lugares,
nos gozamos de que nada en la vida o en la muerte puede separarnos del
amor de Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro.
Gloria sea al
Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Amén.